La accesibilidad como derecho

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Hablar de accesibilidad no es hablar de una moda. Tampoco es un concepto técnico reservado a expertos ni una etiqueta urbana que se coloca para quedar bien. La accesibilidad es un derecho y como todo derecho fundamental, implica responsabilidad colectiva, compromiso institucional y, sobre todo, una comprensión profunda de lo que significa vivir en igualdad de oportunidades. Muchas veces creemos que la accesibilidad solo afecta a personas con movilidad reducida, pero no es así nos atañe a todos. Hoy, mañana o en algún momento del futuro, cualquiera puede necesitar entornos adecuados, seguros y pensados para facilitar el movimiento y la autonomía.

Pero, aun con esta verdad tan evidente, la accesibilidad continúa siendo un tema pendiente en muchos lugares. Hay quien piensa que instalar rampas, adaptar calles, incorporar plataformas salva escaleras o modernizar el interior de los edificios es un gasto, cuando en realidad es una inversión en dignidad. Y esa palabra dignidad no debería ser negociable. Alicante, por ejemplo, ha avanzado mucho en las últimas décadas, pero aún queda camino por recorrer si queremos que todos sus habitantes y visitantes vivan en una ciudad plenamente inclusiva. Y no hablamos solo de infraestructuras, hablamos de actitudes, de mentalidad y de voluntad política.

La accesibilidad es mucho más que arquitectura y tecnología. Es una forma de entender la vida en comunidad. Es un recordatorio de que nadie debería quedar al margen por una barrera física absurdamente solucionable. Y es una oportunidad para reconstruir nuestras ciudades con una base ética sólida todos tienen derecho a moverse, participar, decidir, trabajar, disfrutar. Sin excepciones.

La accesibilidad como derecho humano

Reconocer la accesibilidad como un derecho humano es reconocer que la libertad individual depende, en gran medida, de poder desplazarse con autonomía. Las escaleras, los bordillos, las puertas estrechas, los edificios sin ascensor son obstáculos que muchas personas ni piensan, pero que para otras se convierten en murallas diarias. Una persona que no puede entrar a un edificio público no está viviendo un inconveniente, está sufriendo una vulneración de derechos. Y es aquí donde la accesibilidad adquiere su dimensión más profunda: la igualdad real no existe si el entorno físico impide participar en la sociedad.

Este derecho está reconocido legal y éticamente en numerosos marcos internacionales, desde la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad hasta múltiples legislaciones europeas y estatales. Sin embargo, que esté reconocido no significa que esté garantizado. La accesibilidad debe defenderse, aplicarse y revisarse de manera constante. Las normativas deben actualizarse. Los ayuntamientos deben actuar. Las empresas deben implicarse. Y los ciudadanos deben exigir que se cumpla. La accesibilidad pertenece a todos no es propiedad de un pequeño grupo.

Porque cuando hablamos de accesibilidad, hablamos también de libertad emocional. Poder salir a la calle sin miedo a caer. Poder subir a tu propia casa sin pedir ayuda. Poder entrar a un museo, a una oficina de empleo, a un restaurante. Son gestos cotidianos para muchos. Pero para otros, representan el límite entre la dependencia y la autonomía. Y la autonomía, como derecho, es una de las formas más esenciales de bienestar humano.

Alicante como ejemplo de avance y de desafíos pendientes

Alicante es una provincia que combina modernidad, tradición y un crecimiento constante. Pero también es un territorio donde muchas edificaciones antiguas, calles estrechas y desniveles naturales dificultan el acceso. Se han dado pasos importantes en accesibilidad urbana, eso es innegable. Muchos municipios han renovado aceras, accesos a playas, paseos marítimos, edificios públicos y espacios culturales. Las sillas salva escaleras, las plataformas elevadoras y los elevadores domésticos han ganado presencia, tanto en viviendas particulares como en comunidades de propietarios.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer. Hay barrios que siguen atrapados en barreras arquitectónicas. Hay edificios sin ascensor donde viven personas mayores que apenas pueden salir de su casa. Hay administraciones que no han avanzado al ritmo de las necesidades reales. Esto no es una crítica gratuita es una invitación a reconocer que la accesibilidad debe ser un compromiso ininterrumpido, un proyecto que nunca se completa del todo, porque la sociedad cambia y las personas evolucionan.

Alicante no es solo turismo, playas y buen clima. Es también un lugar donde miles de personas se desplazan cada día a su trabajo, a centros médicos, a colegios, a sus actividades culturales o de ocio. Un lugar donde la accesibilidad influye directamente en la calidad de vida. Y la calidad de vida, cuando depende de decisiones políticas, no puede dejarse para cuando haya presupuesto sobrante debe ser prioridad.

Accesibilidad y tecnología

Las sillas salva escaleras, las plataformas salva escaleras y los elevadores domésticos han transformado la forma en que muchas personas pueden moverse en su propia casa. Son tecnologías silenciosas, pero con un impacto gigantesco. Una simple silla salva escaleras puede devolverle a una persona mayor la posibilidad de subir y bajar sin miedo. Una plataforma elevadora puede permitir que una persona en silla de ruedas acceda a un edificio sin depender de terceros. Un elevador doméstico puede hacer que una vivienda de dos plantas vuelva a ser habitable para alguien con movilidad reducida.

Estas soluciones no solo mejoran la movilidad, reducen la carga emocional de quienes sienten que pierden autonomía. Permiten que las familias vivan más tranquilas, alargan la permanencia de las personas mayores en su entorno. Y, sin duda, tienen un impacto positivo en la salud física y mental, porque la dependencia no solo cansa el cuerpo, también pesa en el alma.

La tecnología de accesibilidad avanza a pasos enormes, equipos más silenciosos, consumo más bajo, diseño más elegante, mayor adaptabilidad. Integración en edificios antiguos sin grandes obras. En definitiva, un abanico de soluciones cada vez más accesible para cualquier hogar. La accesibilidad tecnológica se está democratizando, y eso es una noticia excelente para la sociedad y seguir adelante.

La accesibilidad como responsabilidad social y política

Garantizar la accesibilidad no es solo un asunto técnico ni un acto de buena voluntad. Es una responsabilidad política y social, las instituciones públicas deben liderar este cambio deben legislar, financiar, orientar y supervisar. Pero los ciudadanos también tenemos un papel fundamental exigir, colaborar, implicarnos en la creación de espacios inclusivos. Una comunidad accesible es una comunidad inteligente. Una comunidad que entiende que las barreras no solo perjudican a unos pocos afectan al conjunto de la sociedad.

En términos económicos, la accesibilidad no es un gasto. Genera empleo, aumenta el valor de los edificios, reduce costes sanitarios porque evita caídas y accidentes. Impulsa el turismo inclusivo y, lo más importante, mejora la cohesión social. Una sociedad con menos barreras es una sociedad más equilibrada, más justa y más preparada para el futuro mas prospero.

No se trata de instalar equipos de accesibilidad porque toca. Se trata de construir ciudades donde todos puedan participar. Donde nadie quede relegado donde cada persona pueda ejercer su derecho a moverse, actuar y decidir con plena libertad.

La educación como pilar para una cultura de accesibilidad

Ninguna transformación social es completa si no se acompaña de educación. Podemos instalar cientos de rampas, modernizar edificios enteros o llenar las calles de señalización accesible, pero nada de eso tendrá un impacto real si no cambiamos la forma en que entendemos y enseñamos la accesibilidad. La educación es el motor que convierte un derecho en una práctica diaria. Y es ahí donde la sociedad todavía tiene un enorme camino por recorrer. Porque no basta con conocer las leyes ni memorizar normativas necesitamos aprender a mirar el mundo desde perspectivas diferentes, desde las necesidades de quienes encuentran barreras donde otros apenas ven un escalón.

Tal y como señalan desde Total Access en sus reflexiones sobre accesibilidad, entender este ámbito como un derecho implica mirar más allá de las barreras visibles y atender también a los factores sociales que condicionan la igualdad real.

En los colegios, hablar de accesibilidad fomenta empatía, en los institutos, ayuda a entender la diversidad humana. En las universidades, forma a futuros profesionales capaces de diseñar espacios inclusivos, desde ingenieros hasta arquitectos, trabajadores sociales o responsables políticos. La accesibilidad no debería ser una asignatura optativa. Debería ser una lente a través de la cual mirar los problemas públicos y las soluciones posibles. Y cuando la educación se alinea con la realidad social, ocurre algo poderoso las ciudades empiezan a cambiar desde dentro, desde la mentalidad de quienes las habitan y las persiguen.

 

La accesibilidad como derecho no es una frase bonita para cerrar un artículo. Es una realidad tangible. Un recordatorio de que la sociedad debe avanzar desde la empatía, la justicia y la igualdad. Alicante, como tantas ciudades, tiene el reto de mejorar sus infraestructuras, modernizar sus edificios y apostar por la inclusión. Pero también tiene una enorme oportunidad convertirse en un referente mediterráneo de accesibilidad inteligente, humana y responsable. Porque una rampa no es solo una rampa, una silla salva escaleras no es solo un equipo mecánico. Una plataforma elevadora no es solo una herramienta, son puertas que se abren, son vidas que se transforman. Son derechos que se garantizan y un derecho garantizado es, en definitiva, una victoria colectiva.

 

 

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